A dos meses del terremoto, el drama de la reconstrucción y la carestía

Fuente: El País

Pablo Ferri

El lenguaje técnico se impone en el sur de México. Verbos que no existían, palabras que no se usaban, aparecen ahora en las conversaciones como si fueran cualquier cosa. Además de destruir miles de casas, el sismo del 7 de septiembredesmembró las costumbres comunicativas en Juchitán y buena parte del istmo de Tehuantepec. La gente habla ahora de ladrillos, cemento, varillas y acero. Dicen que si ya te “foliearon”, queriendo decir si ya ingresaron tu nombre en el censo de damnificados. Dicen “yo tengo parcial”, indicando que su casa no se cayó del todo.

Este jueves, Vilma y Gloria conversaban en una calle de Ixtaltepec. Además de Juchitán, Ixtaltepec es uno de los pueblos más golpeados por el temblor y las réplicas posteriores. Miles de casas quedaron destruidas y los vecinos viven desde entonces en carpas, junto a lo que fueron sus casas.

Vilma y Gloria hablaban junto a los restos de la casa de la primera. Ni la una ni la otra aspiran a construir una como la que tenían porque el dinero, explicaban, no les alcanza. Vilma cuenta con 120.000 pesos -6.000 dólares- para volverla a levantar. Es el dinero que el Gobierno le ingresará por partes hasta enero.

“Yo”, decía Vilma, “pienso construir una de lámina, lo más humilde. Ya no queremos techo de teja por lo mismo del temblor. Si hacemos dos cuartitos, sí alcanza el dinero, pero si no”…. Si no, no alcanza. Los 120.000 pesos, coinciden la mayoría de entrevistados, no alcanzan. Dan para un cuarto o dos pequeños, media barda, poco más. Pero no para una casa.

El día anterior, miércoles, el señor Jesús hacía cuentas en el patio de una vecina en Juchitán. Jesús perdió su vivienda y planea levantarla de nuevo desde los cimientos. Levantar lo que se pueda, porque el dinero… “La tonelada de cemento”, decía, “está ahora a 2.800 o 3.000 pesos -de 130 a 150 dólares- depende la zona. Voy a necesitar tres toneladas para hacer los ladrillos y otros tres para construir. Luego necesito varilla de acero, alambrón, que es un fierro más delgado, alambre recocido, arena, grava. Y el que no tiene herramientas, las tiene que comprar”.

Carlos Vichido es arquitecto y trabaja con la Fundación Alfredo Harp Helú, que hace unos días presentó un programa de ayuda a la reconstrucción en el istmo. Van a apoyar a vecinos de la zona para rehacer sus casas. A cambio de los 120.000 pesos que les entrega el Gobierno, ellos diseñan y construyen. “Nuestras casas son lo mínimo digno”, dice Vichido, “nos los planteamos como un lugar donde nosotros querríamos vivir”. Sus diseños cuentan 70 metros cuadrados, con baño y espacio para la cocina. Y, como reconoce el arquitecto, cuestan más de 120.000 pesos, bastante más, hasta 350.000, 18.300 dólares. Casi el triple de lo que da el Gobierno.

Una señora cruza la plaza principal de Ixtaltepec.
Una señora cruza la plaza principal de Ixtaltepec. DANIEL VILLA 

Visto el problema con el presupuesto, muchos pelean por conservar siquiera una pared, el marco de una puerta, un trozo de pasillo. Cemento que se ahorran y tiempo que el albañil no trabaja.

“Están aprovechando para subir precios de todo”, explica Jesús. “Antes, un albañil cobraba 250 o 300 pesos al día, ahora hay los que te piden hasta 500”.

En Juchitán, en la cola del Bansefi, el banco intermediario entre el Gobierno y los damnificados, la señora María Lourdes López decía el jueves que ellos quieren conservar el piso de debajo de su casa. Desde el temblor, ella, su esposo y su hija viven en una pista de fútbol, bajo una carpa. Para ir al baño, van a la casa. Hace unos días, su hija estaba en la ducha cuando empezó a temblar. Una réplica. “Con cada réplica se agrieta un poco, pero nosotros queremos conservar”, dice la señora. “El ingeniero dice que solo la reparación cuesta 200.000 pesos, porque la planta es de 15 [metros] por diez”.

La señora Lourdes y mucha otra gente afilan estos días su ingenio para comprar material a buen precio. “Nosotros fuimos a Ixtaltepec porque allí están dando el [cemento] Cruz Azul a 2.100. Aquí está muy caro. Pero como tienes que presentar la tarjeta [donde tiene los fondos que le dio el Gobierno], el folio [documento que le acredita como damnificada] y copia de la credencial de elector, pues ya no”.

Ese es otro de los problemas. Por algún motivo, las cementeras -o las distribuidoras- venden a precios dispares. En un pueblo una tonelada vale 2.100 y cinco kilómetros al sur el precio aumenta un 50%. Juan Gilberto Prado, dirigente de la Cámara Nacional de Comercio en Juchitán, dice que no sabe a qué se debe la diferencia de precios. Y constata que, en efecto, los damnificados de un pueblo tienen que comprar en su pueblo y no en el de al lado. Tampoco sabe por qué es, solo que ambas situaciones dificultan la vida un poco más a sus vecinos.

La vida sigue, no hay más remedio. Pero sigue a trompicones, entre escombros y palabras nuevas y acaban que no se acaban de solucionar. El jueves, en un momento de la conversación, Vilma y su vecina Gloria mantuvieron este diálogo:

– Si vieras… No le llegó

– ¡Pero si estaba folieado!

– Sí, pero no entró

– ¿Parcial no entró?

– No le llegó, habrá que esperar al otro

– Tiempo, vuelta y vuelto

Después de varias preguntas y aclaraciones, se entendía que la señora Gloria lamentaba que no le hubieran ingresado todavía su compensación por los daños que sufrió su casa. Vilma se extrañó y le contestó que qué raro, porque ya le habían dado su folio, la constatación de que su casa aparece en el censo. Gloria dijo entonces que sí, pero que aún no le ingresaron. Y Vilma replicó: ¿no te han ingresado la compensación por daño parcial? No, dijo la otra, habrá que esperar a que vuelvan a pasar los funcionarios que hacen y rehacen el censo.

Vilma concluyó que tiempo, vuelta y vuelto, augurando más colas, más tiempo perdido y más dinero gastado en desplazamientos. Quién sabe hasta cuándo.

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