Habitantes de la costa del Istmo de Tehuantepec, olvidados tras los sismos

Fuente: La Jornada

Los pobladores de las comunidades de la costa del Istmo de Tehuantepec son de los grandes olvidados que dejaron los terremotos que azotaron la región. A la vista, sus viviendas lucen inservibles: los techos derrumbados, las paredes a punto del colapso y los pisos de concreto resquebrajados y desnivelados.

Aun así, la gran mayoría de los afectados se llevó una sorpresa: el dictamen del censo oficial de inmuebles dañados calificó sus hogares como pérdida parcial y no total, por lo que apenas se les apoyará con 30 mil pesos (en dos exhibiciones) para reconstruirlas, denuncian.

Al recorrer las calles de esta cabecera municipal o de comunidades como Río Viejo y Reforma de Pineda, los estragos de los sismos son visibles. Pero el nivel de devastación en la zona es más evidente en Cerro Grande, una pequeña villa de 540 habitantes, con apenas dos tiendas de abarrotes y no más de 15 manzanas.

En ese sitio la gente sobrevive de la pesca de camarón, que se da entre junio y octubre. El kilo se vende a 50 pesos. En un buen día, los más humildes pueden capturar de dos a cuatro kilos, y quienes tienen el equipo para navegar en altamar regresan con al menos siete.

Pero el 7 de septiembre el poblado quedó reducido a escombros. A diferencia de las grandes concentraciones urbanas del Istmo, aquí no hay personal militar ni civil que los apoye con la remoción. Las pertenencias de los pobladores: ropa, utensilios de cocina, muebles y colchones, quedaron enterradas. El pueblo está casi al borde de la desaparición.

Llegar no es sencillo. Es la comunidad más cercana al mar. Desde Juchitán hay que recorrer más de 100 kilómetros, poco más de 80 por carretera y el resto en terracería, lo que hace que el camino dure más de dos horas. Los forasteros llaman de inmediato la atención, se les observa con recelo.

Huraños, los lugareños analizan a detalle la pertinencia de acercarse. “¿Es para la tele?”, preguntan cuando se les informa que se trata de representantes de un medio de comunicación. Una vez que se cercioran que su situación puede reflejarse en un medio informativo, comienzan a contar sus historias. Prácticamente todas se repiten: sus viviendas están destruidas, inhabitables, y el personal de la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu), que realizó el censo, no hizo la valoración pertinente. Están molestos, desesperados por los dictámenes de esa dependencia.

Alberta Cruz López y Bernardo López, de 67 y 65 años de edad, respectivamente, buscan a los fuereños para mostrar lo que quedó de su hogar y las condiciones en las que viven.

Las paredes de su casa están destruidas, sólo algunos fragmentos quedaron en pie. No hay techos, no hay pisos y sus pocas pertenencias están bajo las ruinas. “No entiendo por qué nos pusieron como pérdida parcial. Al principio nos dijeron que era inhabitable. Vea, ¿usted cree que es así? –el sexagenario hombre hace un intento por abarcar con sus manos la dimensión de la tragedia en que se encuentran él y su esposa. Hemos ido a Ixhuatán, ahí está Bansefi, a ver si nos resuelven algo, porque con 30 mil pesos no levantamos ni la mitad”.

Doña Alberta transmite su desesperación: No pedimos que repongan lo que teníamos, pero sí algo sencillo. Necesitamos una casita para terminar nuestros días, dice al tiempo que señala un pequeño dormitorio provisional armado con láminas y maderas que lograron rescatar de su terreno, en el que la puerta es una sábana que cuelga de los cartones que usan como techo.

María Luisa Martínez atiende una de las dos tiendas de abarrotes que hay en la villa. Su casa se vino abajo la noche del sismo. Salvó su vida porque seguía atendiendo su negocio. Junto a su lote, uno de sus hijos, César, quien es maestro normalista en la Ciudad de México, empezaba a levantar una casa, la cual también quedó destrozada. Tanto a ella como a César les pasó lo mismo: no quedó piedra sobre piedra, pero la Sedatu les declaró pérdida parcial.

Su bronceada piel refleja los estragos de años de esfuerzos por sacar a su familia adelante. Hoy casi no hay venta en el negocio, lo que más se lleva la gente es la Coca-Cola y baterías para lámparas de mano. Lo poco que tiene lo comparte. Como una forma de agradecimiento por no dejarnos olvidados, prepara un tradicional pollo al horno. No hay forma de rechazar la invitación. Basta con un atún (de lata), se le dice. Su respuesta sorprende: Aquí a las visitas se les trata bien, pese a las carencias y las desgracias.

Los relatos de Juana López Vargas, de 63 años; de Mario Vicente Martínez, de 66, y de Josefina Sánchez Pérez, de 73, parecen seguir el mismo guión: casas inservibles, en ruinas, y los mismos dictámenes oficiales: pérdida parcial.

Por 40 años doña Josefina, su esposo e hijos levantaron su hogar. Bastaron minutos para que la fuerza de la naturaleza echara abajo ese largo esfuerzo. La mujer zapoteca resume en pocas palabras lo que sucede: Se aprovechan que somos pobres e ignorantes, pues no fuimos a la escuela. ¿Usted ve solución?

Por si esto fuera poco, las condiciones de salubridad no son las óptimas. La villa no tiene drenaje y las fosas para los desechos orgánicos se hundieron por la intensidad del sismo. Por momentos la peste es insoportable y aparecieron miles de mosquitos. El camino al mar también sufrió daños, un trecho se tiene que hacer a pie. Al emprender se recorrido, a lo largo de casi un kilómetro, se observan grandes cantidades de basura acumulada y ganado muerto frente a la laguna, lo que resulta un festín para los zopilotes.

No hay quién dé una explicación a los damnificados. Desde hace más de 20 días ninguna autoridad ha regresado a Cerro Grande. Son ellos los que tienen que viajar a San Francisco Ixhuatán para pedir aclaraciones o solicitar más apoyo. La respuesta no ha sido positiva: Lo que les tocó, es lo que les tocó y punto, nos dicen.

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