El Istmo sabe a polvo…

Fuente: Milenio

Roberto López

Juchitán sabe a polvo. Pasado el marasmo de las horas posteriores al terremoto “más fuerte del siglo”, una parte de los juchitecos regresó este lunes a remover escombros para, literalmente, empezar a reconstruirse.

Cuadrillas de trabajadores a mano —a golpe de pala y pico—, así como operadores de grúas, taladros y sierras eléctricas, se dan a la tarea de tumbar los muros malheridos, que resistieron los 8.2 de magnitud del sismo maldito. O serruchan las varillas que quedaron dobladas como espagueti al desplomarse las columnas y trabes que soportaban.

Cada mazazo desprende tolvaneras de un polvo blanco áspero, que empaña la visibilidad y dificulta la respiración de los pocos mirones que se aventuran por estas calles cerradas a la circulación vehicular. La vista de los albañiles y operarios no: ellos van protegidos con cascos, gafas de protección y paliacates.

Los trascabos rugen y levantan más polvo al remover los restos de lo que mayormente fueron inmuebles comerciales. Y luego empanizan el ambiente cuando arrojan toneladas de cascotes dentro de camiones que forman fila para ir sacando los escombros de la zona. Al aumentar la velocidad, dejan tras de sí una estela polvorienta. El polvo vuela y se posa en los vidrios de edificios aledaños que esperan la hora de correr la misma suerte.

Una brisa suave que desde el viernes antecede a una lluvia que no se anima a caer, esparce el polvo a la redonda. El mismo polvo que se atora en las gargantas de algunos propietarios que se animan a atestiguar, aún incrédulos, la demolición de lo que queda de sus patrimonios.

Pero no solo Juchitán sabe a polvo. También Ixtepec, Unión Hidalgo, Matías Romero, Ixtaltepec. Este lunes la palabra fue: demolición. Recoger el tiradero que el terremoto les dejó a los oaxaqueños.

Solo el censo que la Sedatu lleva a cabo en estos días, dirá al final cuántas casas, cuántos inmuebles públicos o privados morderán eso, el polvo…

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Como si asistieran a un espectáculo macabro en primera fila, la esposa e hijas de Leonardo Martínez, miran repantingadas desde las mismas sillas cómodas en las que solían tomar “el fresco”, hasta antes de las 23:45 horas del jueves 7 de septiembre, cómo la retroexcavadora reduce a polvo la casa que habitaron durante más de veinte años, en el número 26 de la calle Canal 33, sector 2 de Asunción Ixtatelpec

Las dos jóvenes no soportan la escena y rompen en llanto. Se levantan de las sillas y se van a sufrir en solitario. Los ojos de don Leonardo también se llenan de agua cuando platica que por la mañana se despidieron de la casa, el lugar donde crecieron sus hijas y su primer nieto. Y luego reclama la atención de las autoridades para poder volver a empezar.

El polvo blanco del yeso y los tabiques fragmentados revolotea sobre la cabeza de don Leonardo, se enreda en su pelo crespo y los bigotes. Una lágrima traza un surco entre el ojo y la parte baja de su mentón derecho.

La misma mezcla de sentimientos se mira en las ancianas, los jóvenes, las señoras y los señores que invitan a ver cómo quedó su casa. Es terrible. Sin necesidad de esperar a los peritos de la Sedatu, el veredicto a simple vista y mano alzada es simple: pérdida total, demolición inmediata.

La gente mayor insiste: fueron muchos años de construirse un patrimonio y ahora no tienen nada, su futuro se hizo polvo.

Sobre la hilera de casas destruidas, a un costado de los escombros, la gente permanece impasible. Improvisa comedores para tomar los alimentos que la caridad les provee. Improvisa salas de descanso para matar las horas mientras monta guardia afuera de sus hogares.

El silencio lo rompe un vehículo del DIF que perifonea para que la gente acuda a empadronarse si quiere recibir la ayuda oficial. Y el martilleo sobre las losas de concreto. Y los trascabos removiendo tejas y ladrillos. Y los hombres de casco y paliacate al gritarse indicaciones. En esta parte del istmo oaxaqueño, hasta el polvo cuando cae al suelo hace ruido.

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