La estupidez política

Fuente: Reforma

Hay muchas formas de clasificar a los políticos, según ponderemos su ideología, su agresividad, su carisma, su preparación, su resistencia, su locuacidad o su apariencia física. Podemos colgarles muchas etiquetas y los políticos mismos se encargan de lanzarse unos a los otros toda clase de calificativos. Los adjetivos que vuelan y que nosotros les arrojamos son de muy diversa índole: derechistas o izquierdistas, violentos o pacíficos, simpáticos o antipáticos, duros o blandos, parlanchines o callados, feos o guapos. La lista es casi infinita, y según sea nuestro punto de vista consideramos cada rasgo como positivo o negativo. Podemos hacer una apología de la dureza y la violencia o defender el izquierdismo y la simpatía. Pero hay algunos calificativos que molestan mucho a los políticos y los dañan especialmente, como ser considerados corruptos.

Pero entre todos los defectos que puede tener un político, hay uno que es especialmente peligroso: la estupidez. Un buen profesor de historia económica, Carlo Cipolla, definió con agudeza las “leyes fundamentales” de la estupidez. Según su libro clásico, las personas estúpidas son las más peligrosas de todas. Un estúpido es una persona que causa daños a otras sin que con ello gane nada importante. Además, para colmo, estas personas abundan y son irracionales. En su famosa gráfica de coordenadas Cipolla describió a cuatro tipos de personas: los indefensos (pierden ellos pero ganan los demás), los inteligentes (se benefician a sí mismos y también a los demás), los bandidos (ganan ellos pero ocasionan pérdidas a otros) y los estúpidos (pierden todos, ellos y los demás). Según el autor de Las leyes fundamentales de la estupidez humana (1976), siempre tendemos a creer que hay menos idiotas que los que realmente hay. Podemos comprender que cuando la estupidez ocurre en la política, un líder puede causar muchos estragos.

Quiero poner unos ejemplos recientes. Cuando el primer ministro conservador inglés David Cameron impulsó en 2016 un referéndum para decidir si los británicos abandonaban la Unión Europea cometió una gigantesca estupidez, apoyada por millones que votaron a favor del Brexit y que con ello condenaron al Reino Unido a sufrir considerables pérdidas económicas y políticas. Muchos laboristas, incluyendo a Jeremy Corbyn, apoyaron directa o indirectamente el voto reaccionario de vastos sectores obreros y populares que por miedo u odio a los inmigrantes cometieron la torpeza de votar a favor del Brexit. Con la propuesta de abandonar Europa no se ganó nada y se provocó un daño que afectará a muchos durante décadas.

Otra descomunal estupidez ha sido la de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, que ha sumido a su país en una terrible crisis y ha provocado un desastre sin precedentes. Las estupideces se habían acumulado desde la época de Hugo Chávez, pero su sucesor multiplicó la tontería a un grado superlativo para evitar que la mayoría de los venezolanos lo eche del poder, y para salvarse está intentando instaurar una dictadura apoyada en el Ejército. Con ello dañó a muchos, incluyendo a los chavistas.

Y desde comienzos del año, el nuevo presidente de Estados Unidos se ha convertido en la persona posiblemente más estúpida que haya llegado al máximo poder. Donald Trump ha ofrecido el gran espectáculo de su tontería a escala global y ha dejado azoradas a millones de personas que no acaban de creer que haya sido posible semejante fenómeno político. El Partido Republicano, que postuló a Trump, ha sido gravemente dañado.

Estos tropiezos han ocurrido en contextos democráticos. Podemos suponer que son síntomas de malformaciones del sistema político, de un funcionamiento deficiente de los filtros que deberían impedir el ascenso al poder de personas cuya estupidez pueda atentar contra la civilidad. Hay un trastorno de los mecanismos meritocráticos que deberían tamizar los flujos de líderes que alimentan a las élites políticas. Acaso hay condiciones escleróticas en sistemas viejos, como los de Estados Unidos y el Reino Unido, que además son afectados por la falta de proporcionalidad. En Venezuela y en otros países de Latinoamérica la corrupción ha sido un poderoso disolvente de la cultura democrática. Son señales muy preocupantes que deberían mantenernos atentos.

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