La severa crisis de la PF

Fuente: Eje Central

María Idalia Gómez

El sábado se cumplirá una semana de que fue asesinado el coordinador en Veracruz de la Policía Federal, Juan Camilo Castagné Velasco. Ocurrió en pleno día, en un restaurante muy conocido, rodeado de otros oficiales y vigilado por su escolta. Nada de eso importó, cuatro hombres lograron acercarse y le dispararon, luego huyeron y ahora se ofrece un millón de pesos por datos que permitan su captura.

Cada dos días en el país, en promedio, un policía federal sufre un ataque, de acuerdo a las cifras oficiales. El que ocurra esto en México es un indicativo del nivel de violencia, pero también de la falta de preparación de sus agentes.

Podría parecer solamente la descripción de un parte policiaco o la suma de un número a la lista de más de agentes federales asesinados. Pero este crimen no es sólo eso. El asesinato de Castagné Velasco es el asomo con lupa a la descomposición de la Policía Federal. Una ruptura y retroceso que, de agudizarse, se puede convertir en una amenaza a la seguridad interior.

Esta muerte es también un llamado de urgencia a recomponer el rumbo de una institución con excesivos recursos económicos (usados como caja chica del poder político), con equipo de vanguardia, con oportunidades de desarrollar todas sus capacidades; pero con mandos sin autoridad y liderazgo, sin experiencia y respeto desde el interior; con agentes sin sentido de cuerpo, sin vigilancia y control, sin entrenamiento de excelencia y sin reconocimiento.

El ataque a un oficial sólo tiene una traducción: el desafío directo a la institución. Se debe investigar rápido para saber las razones y detener a los responsables para enviar un mensaje muy claro.

Inmediatamente después del crimen de Castagné Velasco, fueron sometidos a investigación los agentes más cercanos a su entorno. Los avances en las investigaciones muestran que desde adentro de la corporación se filtró la ubicación del comisario y se dio la oportunidad para cometer el ataque.

La oportunidad quizá la dio el propio Castagné Velasco. Llegó a Veracruz en 2015 y desde entonces, pero cada vez más, es un estado en guerra, con un gran deterioro en sus instituciones y el nivel de seguridad. El comisario, aseguran, se colocó en una posición de riesgo y la aprovecharon quienes querían enviar un mensaje. Colocó a su gente cercana y de confianza, a quienes tampoco contaban con entrenamiento suficiente para estar en esos lugares y cambió a los titulares de las estaciones de la Policía Federal en Veracruz sin un diseño estratégico de esos movimientos, para entender vínculos y riesgos.

Sus compañeros nos dicen que era una persona respetada por su buen trato, amabilidad, solidario y con vocación, pero sin el entrenamiento suficiente para coordinar las operaciones de inteligencia, seguridad y de investigación. Lo habían investigado desde el área de Asuntos Internos por una extorsión, la cual terminó como un error.

Ahora, parte de las investigaciones deberán considerar la hipótesis de que haya sido asesinado por su trabajo efectivo o por involucrarse con algún grupo criminal.

Este crimen es la oportunidad ideal para reorganizar y redefinir a la Policía Federal, que perdió la brújula desde 2001, cuando se permitió el ingreso y ascenso de personal sin cumplir con los requisitos, cuando creció de una forma indiscriminada y se redujo hasta en tres meses el entrenamiento de los agentes, se inventaron áreas como la Gendarmería sin bases sólidas ni objetivos claros. Cada vez es más común que en los pasillos de las Fuerzas Armadas se escuche sobre la poca o nula confianza que se tiene en la Policía Federal. También hay pruebas cada vez más concretas de su desmantelamiento en tareas esenciales como la investigación criminal y el diseño de operaciones estratégicas.

En suma, los recursos disponibles para esta oficina federal son usados con fines políticos; los equipos de vanguardia que tenía para investigaciones han ido desmantelándose, la visión de cuerpo se ha mermado severamente, también los mecanismos de supervisión.

Prácticamente los agentes han sido abandonados, muchos de ellos, una parte importante, muy efectivos y leales.

El no concentrar todos los esfuerzos en tener una Policía Federal efectiva, reconocida, institucionalizada, con mandos que sepan hacer su trabajo y gocen de pleno reconocimiento, y que doten a esa institución de un nuevo rumbo, es perder la oportunidad de recuperar el control de la seguridad en este país y exponernos como sociedad a la pérdida de la estabilidad democrática que la seguridad ofrece a cualquier país.

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