No era su intención violarte…

Fuente: Excelsior

Yuriria Sierra

“La subieron contra su voluntad en la parte de en medio del asiento de atrás del auto y era custodiada por Jorge Cotaita por un lado (atrás del conductor) y Diego Cruz por el otro (atrás del copiloto). Estos dos sujetos le jalaban la ropa y la manoseaban por debajo de la falda, tocándole sus pechos y partes íntimas. Ella les insistió que no lo hicieran, que no quería eso, pero ellos, entre burlas y agresiones, seguían haciéndolo, mientras Enrique Capitaine manejaba a toda velocidad, con Gerardo Rodríguez como copiloto. Todo ese tiempo, ella trataba de calmarlos y hacerlos entrar en razón, pero no lo logró…”, eso se lee en el documento de Sentencia Juicio Amparo 159/2017-IV, donde el juez del caso, Anuar González, concluye que “no se encuentra demostrado fehacientemente el abuso sexual de dicha menor a que alude la figura delictiva…”.

Así, Diego Cruz, quien solicitaba el amparo, y quien fue extraditado a México luego de que huyó a España, queda en libertad. El juez tercero de Distrito de Veracruz consideró su absolución viable, aunque falta la confirmación de esta resolución. Daphne, la joven agredida, a los ojos del juez, no sufrió un abuso físico ni sexual, sino sólo un muy malentendido y desafortunado incidente. González determinó que no se configuró el delito de pederastia, porque no hay manera de comprobar que se tenía la intención de tener relaciones sexuales con la menor. En la sentencia, el juez asegura que “se realizó un tocamiento en la menor agravada y que, a la vez, no tenía la intención de llegar a la cópula vaginal, anal ni oral, pues no existe ni un sólo elemento que acredite siquiera indiciariamente esta finalidad en el inculpado”. Es decir, que introducir dedos en la vagina de una menor, sin su consentimiento, no le basta al juez para determinar la intención de una agresión sexual.

Con esta sentencia, lejos de pensar en lo peligroso que es tener de vuelta en las calles a un joven a quien un juez validó su infame conducta, lo que ésta —sentencia— me provoca es imaginar en lo que les significa a los, tristemente, muchos hombres que son agresores sexuales. Perdón, pero qué canija rabia la de creer que la ley funcione con estos vacíos que sólo permiten impunidad.

Hace unos días se desató, en redes sociales, una polémica porque un taxista gritó “¡guapa!” a una joven en la Ciudad de México, la agredida lo denunció ante el Ministerio Público y el agresor pasó la noche en El Torito porque no tuvo para pagar la multa. Aquí hablamos sobre esto. Y entre este caso y el de Daphne caben millones de posibilidades, millones de casos sobre cualquier tipo de agresión hacia una mujer y cuya resolución queda en manos de un juez y del entendimiento que éste hace de las leyes, de lo hábil que pueda resultar para escaparse, junto con el acusado, por esas grietas que a nadie, a nadie, dentro de la función pública, le ha importado resanar. Porque así de mal están redactadas nuestras leyes. Lo que para un juez un grito en la calle le significa una agresión, para otro, los dedos dentro de una vagina no le infieren una agresión sexual. Cuánta infamia debe estarse saboreando en miles de bigotes que, con esta resolución, ven una posibilidad para la impunidad.

El caso de Daphne, hoy puesto bajo el reflector de todo el país, se coloca en la lista de casos de millones de mujeres que dejaron de ser sujetas de justicia y se convierten en madres siendo niñas, porque un juez no les permitió abortar; en las mujeres presas por haberle quitado la vida a un hombre en un acto de defensa propia; en las mujeres indígenas que no pudieron defenderse por no hablar español; en las madres que dan a luz en el patio de un hospital; en las mujeres despedidas porque no quisieron acostarse con su jefe; en las niñas que son vendidas para satisfacer las necesidades más bestiales de un hombre; en las mujeres que callan mientras le sirven la cena a su esposo, luego de que éste les cayó a golpes. Como Daphne hay miles, millones de mujeres en el mundo que, a pesar de lo mucho que nos gusta pensar que estamos en el siglo XXI, sólo dan muestra de lo atrasados que estamos y de lo poco que hemos logrado que la ley haga por garantizarnos nuestro bienestar. Que Diego Cruz pueda recuperar su libertad, que el juez Anuar González se escude en lo que dice la ley para justificar su resolución, es lo de menos, porque detrás de ellos hay tantos miles de casos más en igual o peores circunstancias. Así de grandes son las grietas de nuestras leyes. Y así de estrecho y enano (y criminal) el criterio de un juez para interpretarlas.

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