¿Qué hacer con tanto enojo?

Al otro lado del Río Bravo, muchos estadunidenses también estaban muy enfadados y eso explica por qué votaron a favor de un demagogo nacionalista como Trump. En el Reino Unido también había mucha irritación que se canalizó en un voto para salirse de la Unión Europea.

Fuente: Excelsior

Leo Zuckerman

Hay mucho enojo en México. Vaya que hay razones: la corrupción gubernamental, los abusos de los poderosos, la impunidad de los que violan la ley, una economía de poco crecimiento y una persistente desigualdad social. Súmese a eso, ahora, los insultos del Presidente de Estados Unidos y sus amenazas en contra de México.

Al otro lado del Río Bravo, muchos estadunidenses también estaban muy enfadados y eso explica por qué votaron a favor de un demagogo nacionalista como Trump. En el Reino Unido también había mucha irritación que se canalizó en un voto para salirse de la Unión Europea.

¿Qué pasará en México con tanto enojo acumulado?

Ayer, miles de mexicanos salimos a las calles a protestar en contra de Trump. Hubo quienes se rehusaron a marchar argumentando que esto favorecería al gobierno dePeña Nieto. Hubo quienes no fueron precisamente por lo contrario, aduciendo que se trataba de una manifestación contra el gobierno. El asunto causó divisiones y controversias. No faltaron los insultos y la desinformación mal intencionada. Que si sí, que si no, que si fulanito, que si perenganito, que si los ricos, que si los pobres, que si mejor esto, que si mejor aquello. El típico ruido de un país enojado y, sin duda, dividido. Tan irritado y polarizado como Estados Unidos y el Reino Unido. En una de esas, hasta más.

Cosas buenas pueden resultar del enojo ciudadano. Frente a Trump, un orgullo nacionalista que nos saque de la zona de confort de un crecimiento económico dependiente de Estados Unidos. Frente a la corrupción, nuevas reglas para combatir la impunidad de los que abusan del poder. Frente al bajo crecimiento económico, la búsqueda de nuevos incentivos a la inversión nacional y extranjera. Frente a la desigualdad, el compromiso de las élites por ser más solidarios con los que menos tienen. Eso sería lo ideal. Pero el enojo, como hemos visto en otras latitudes, también puede terminar mal: en una reacción nacionalista ramplona frente a las provocaciones externas; en una cacería de brujas de presuntos corruptos, donde no se respete el debido proceso, sólo para calmar la sed de venganza del público; en un uso populista del gasto público para calentar artificialmente la economía; o en políticas que polaricen más las diferencias entre las clases sociales.

Ayer acudí a la manifestación en la Ciudad de México con la convicción de que era una buena manera de procesar positivamente el enojo de los mexicanos en contra de Trump y las demandas a favor de un país mejor en lo político, económico y social. Me gustó ir con mi familia en un ejercicio cívico de protesta. Pero sería una necedad no aceptar que dicha marcha irritó a muchos y generó divisiones de opinión. Por un lado, pues así sucede en países plurales, libres y democráticos como el nuestro. Pero, por el otro, preocupa observar tanto enojo y división en una coyuntura crítica donde México está amenazado por su vecino del norte. Lo cual me lleva a regresar a la pregunta: ¿qué hacer con el enojo en nuestro país?

Yo quisiera, desde luego, que la irritación funcionara como acicate para solucionar muchos de nuestros problemas, comenzando por la debilidad del Estado de derecho. Pero hay otras voces que legítimamente quieren algo diferente. Lo que deberíamos hacer es escucharnos los unos a los otros y debatir civilizadamente nuestras diferencias. Uno de los problemas que está sucediendo en el Estados Unidos de Trump es que los diferentes grupos políticos, económicos y sociales se están polarizando cada vez más porque se han dejado de escuchar entre sí. Cada uno ve sus propios medios, habla en sus redes sociales, propone posturas cada vez más radicales, sin posibilidad de encontrar compromisos con los otros.

Algo similar noté estos días en el debate sobre la marcha del domingo. Quise dialogar con algunas voces que estaban en contra de la manifestación. Me encontré, por desgracia, que no había manera de debatir: rápidamente afloraba el enojo y los insultos prevalecían sobre los argumentos.

Entiendo y comparto el enojo de los mexicanos. El problema es que, con tanto enfado, no se puede debatir qué hacer para canalizarlo positivamente. Todos gritan, se mientan la madre y se van a su esquina con su tribu donde se sienten cómodos. Es lo que pasó en Estados Unidos y me temo que también está sucediendo en México.

                Twitter: @leozucker

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