Gasolina

Fuente: Excelsior

Acaso una de las certezas que se tienen para iniciar 2017 es la cantidad de motivos para el enojo colectivo. Mucho está ocurriendo en el país, pero hoy todo gira alrededor de lo que pasa con el precio de la gasolina. Y es que nos habían prometido que no volveríamos a ver un gasolinazo. Nos lo dijo Enrique Peña Nieto en su mensaje de Año Nuevo en 2015. Dos años después, debemos memorizar las fechas en que el precio de la gasolina cambiará en los próximos meses, y entender los porqués es lo que nos cuesta más trabajo.

Hemos visto largas, larguísimas filas de autos en gasolinerías de varios estados. El desabasto de combustible es una terrible realidad para muchos mexicanos que, aun con la posibilidad de llenar su tanque, se quedan con la incertidumbre de no saber qué pasará dentro de una semana. El precio de la gasolina sube y con ello el de tantas cosas más que, como efecto dominó, se verán afectadas. Se juntaron desabasto y anuncio de nuevos precios por regiones previos a la liberación del precio que entrará en vigor a partir de marzo. Ambos fenómenos se juntan y generan chispas en el ánimo social. Tan es así que ya son varias las marchas que se están realizando y las que se han convocado en la CDMX y en varios estados de la República.

Hay, por supuesto, otros quienes creen que la falta de gasolina y el aumento en el precio de ésta, será un respiro para que miles de automovilistas la piensen antes de usar su coche. Pero sabemos que lamentablemente ninguna ciudad del país tiene una planeación urbana adecuada como para hacer que el transporte público sea suficiente ante la demanda de los posibles usuarios. Y eso, como el más burdo de los ejemplos, porque en realidad, las consecuencias del alza en el precio de los combustibles van más allá del uso de autos y transporte público. Sin gasolina o con ésta cara, muchos comerciantes transportarán sus mercancías con mayores costos, lo que obviamente encarecerá su producción. Ya no costará lo mismo llevar a Baja California un café cultivado en Chiapas, por poner cualquier ejemplo. Aunque el subsidio a las gasolinas ha beneficiado usualmente a las clases medias y altas, también las bajas terminan por resentir el encarecimiento, por el alza generalizada en los precios que éste trae consigo.

Y el precio del combustible es, si no el menor, sí uno de tantos males. Las finanzas de varios estados están en números rojos por su alto nivel de endeudamiento, conocemos las razones, así como sus nombres y apellidos. Sin tomar en cuenta el asunto de la gasolina, muchos de los programas sociales ya están en peligro, en el presupuesto de egresos propuesto para el próximo año quedó claro. Ahora que si le sumamos el dólar arriba de 21 pesos, la cosa se pone color de hormiga.

¿Y como para cuándo veremos esos publicitados beneficios de la Reforma Energética, ésos que, en teoría, la libre competencia sí trae siempre consigo? “Yo creo que pasarán algunos años antes de que veamos un mercado competitivo, como en Estados Unidos; donde te vendan litros que midan un litro, donde la calidad del combustible es óptima, donde realmente compiten distintas marcas y distintas calidades, distintos tipos de combustible…”, me dijo ayer Manuel Molano, director adjunto del Imco, en entrevista para Imagen Televisión. Varios años pasarán para tener un mejor panorama (al menos en el mercado de las gasolinas) nos dijo, y no es un mensaje muy alentador, claro que no. Pero es una realidad que viene de décadas en que el petróleo fue controlado por una sola empresa: una empresa que el Estado utilizó durante décadas como caja no tan chica y sobre todo, no tan eficiente. Además, cuando se decidió –por fin– abrirla al mercado y a la inversión privada, el precio del petróleo había caído por los suelos. Llegamos tarde, tardísimo y el remedio que nos prometieron a inicios del sexenio no fue suficiente para evitar este tipo de contingencias. Y, además, debemos ahora decir otra verdad: que el barril nunca fue un barril sin fondo.

Ojalá no se convierta, eso sí, en un barril de pólvora.

 

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