Los 43 detonaron la bomba, pero no son los únicos

Fuente: Milenio

Recorres cerros por horas. Caminas entre la maleza. Das cada paso con cuidado porque desconoces el terreno. Entonces te detienes. Lo que has aprendido en estos casi dos años te advierte que donde estás parado puede haber una fosa clandestina, que tal vez ahí puede estar tu familiar desaparecido desde hace tanto tiempo.

Sacas la herramienta que has cargado durante todo el día bajo el sol que no da tregua en Cocula, en la región norte de Guerrero: 32 grados es lo menos que registró el teléfono esa tarde de domingo.

Comienzas a martillar la varilla de casi un metro largo. Unos 30 segundos después, la desentierras y hueles el metal. La experiencia te enseñó que si el olor es “fuerte” es posible que haya alguien enterrado en ese lugar, o al menos encuentres un fragmento de hueso, un pedazo de ropa, cualquier rastro de tu hijo, hermano, esposo…

¡Aquí no hay nada! Les gritas a tus compañeros del colectivo de búsqueda que te rodearon con la expectativa de saber si se “instalarían” en ese punto, si se pondrían sus guantes y comenzarían a cavar con la pala o incluso con sus manos.

Pero no, ahí solo “huele a tierra y raíces, huele muy bonito”, todo lo contrario a cuando encuentras restos de una persona “un olor muy fuerte, muy horrible, te queda impregnado en la piel y no se va en días“.

Aunque te llamas Mario, también te conocen como Can, mote que en el grupo de familiares de desaparecidos se les da a los expertos en rastrear y encontrar fosas clandestinas, y es que desde el 5 de julio de 2012 que viste por última vez en Huitzuco a tu hermano Tomás, todo cambió.

Pasaron dos años y perdiste la confianza y credibilidad en las autoridades locales, y entonces la noche de Iguala fue el último detonante para que perdieras el miedo y comenzaras a buscar a tu hermano por tu cuenta, en vida o bajo tierra.

—Por la tragedia de los 43 salimos a gritar: “¡Yo también tengo un desaparecido!”, y salió otra gente, y otra…, recuerdas con nostalgia.

Después del horror de Ayotzinapa, la gente en Guerrero comenzó a alzar la voz, y cientos de desaparecidos, que para casi todos eran invisibles, empezaron a tener un rostro, un nombre, una historia…

Tus hermanas Magdalena y Mayra Vergara fueron de las primeras en exigir justicia, aprovechando que la atención de un país estaba en el estado con los estudiantes de la normal Raúl Isidro Burgos.

—Al ver toda la difusión que tuvieron los 43, mi hermana dice: “la fotografía de Tomás tiene que salir en la tele”… Un día en Iguala vimos que había muchos medios de comunicación y solo ella y yo hicimos una pancarta y nos manifestamos, cuenta tu hermana Mayra afuera de la recicladora donde trabaja desde hace seis años.

Las protestas tuvieron eco, y familiares de desaparecidos comenzaron a tener apoyo de otros sectores: la asociación civil Ciencia Forense Ciudadana ofreció realizar 500 muestras de ADN; mientras que el sacerdote de la iglesia San Gerardo, en Iguala, Óscar Prudenciano, convocó a que acudieran todos quienes habían sufrido algo igual.

Tus hermanas Magadalena, Mayra y tú llegaron al patio de la iglesia, ahí conocieron decenas de historias más, ahí comenzaron a organizarse con muchísimas familias más, ahí comenzaron a llamarse Los Otros Desaparecidos de Iguala, el primer efecto de la tragedia de Ayotzinapa.

El 16 de noviembre de 2014, un grupo de policías comunitarios denominado Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero, guió a esta naciente brigada por algunos parajes en Iguala.

—Eran unas 20 familias aproximadamente, un domingo y Miguel Jiménez Blanco (fundador de la Upoeg), fue quien nos enseñó a dominar el miedo.

Sin saberlo, aquella primera búsqueda inició la configuración de un mapa de terror que con el tiempo se conformó de decenas de fosas localizadas, en su mayoría, en territorios controlados por el crimen organizado.

En estos últimos dos años, tu vida, Mario, y la de cientos de familias en Guerrero ha pasado entre fosas clandestinas, restos humanos y olor a muerte: el precio por buscar a sus desaparecidos.

***

Al igual que esa primera vez que subiste los cerros en Iguala, esa tarde en Cocula tenías la misma esperanza de encontrar a Tomás, tu hermano. Pero ese domingo no hay nada, otra vez, no pudo ser. Ya será otro domingo cuando salgas a buscar.

—Los 43 detonaron esta bomba, pero no son los únicos desaparecidos, y a dos años, siguen sin ser solo 43, exclamas con pesar.

Los Otros Desaparecidos de Iguala aseguran haber encontrado 149 cuerpos y más de mil fragmentos de huesos en al menos 50 fosas. En estos casi dos años, 19 familias ya pudieron recuperar algún resto de su desaparecido.

Pero el colectivo ya no es lo que alguna vez fue. Hoy están divididos en dos grupos y la organización y unión de centenas de familias de esa primera búsqueda en noviembre de 2014 quedó en los cerros.

Tu hermana Mayra, tú y otras decenas de fundares de la primera brigada de búsqueda han quedado al margen de la ahora asociación civil Los Otros Desaparecidos de Iguala, cuyos líderes los califican de radicales.

Los “excluidos”, en cambio, acusan que el comité que ahora los dirige ha detenido las búsquedas en campo “de manera arbitraria”, que solo tienen motivaciones económicas y lo único que buscan es la reparación del daño.

—Intentamos que cambiaran de opinión y no quisieron, al contrario amenazan con expulsar a los que asisten a búsquedas y no respeten la decisión del “comité”, del cual, uno de los miembros es trabajador de la Fiscalía del estado, asegura Citlali Miranda, fundadora del colectivo.

Los Otros Desaparecidos de Iguala A.C. se continúan reuniendo todos los martes en el patio de la iglesia de San Gerardo en Iguala, donde comenzó todo; sin embargo, ahora los liderazgos ya no permiten grabar ni tomar fotografías del encuentro.

Al término de su asamblea, un par de horas después se acercó Adriana Bahena y Joel Díaz, secretaria y presidente del comité, respectivamente, quienes en marzo le solicitaron al alcalde priista de Iguala, Esteban Albarrán, condonación de impuestos de predial, agua y alcantarillado para las familias de desaparecidos.

Díaz también es un Can, y rechaza que las búsquedas se hayan detenido, pero off the record pide que no se “publique” la división del colectivo; mientras que Adriana Bahena garantiza que se reanudarán en enero, “porque es el pilar principal” de la ahora asociación civil que, dice, al mismo tiempo está exigiendo la reparación del daño a las víctimas.

—Estamos exigiendo y siempre hemos dicho: “peleo lo que por derecho me corresponde y voy a apretar hasta que me den lo que me corresponde”, enfatiza la secretaria del comité, quien recibe una señal de una persona para que apresure la entrevista, porque dice que a las 2 de la tarde irá con autoridades de Iguala para ver un terreno que sirva para continuar las reuniones del colectivo, porque el sacerdote de la iglesia les ha dicho que ya no pueden realizarlas ahí.

Mientras Adriana se sube a un automóvil, algunos integrantes del colectivo se acercan y consideran que “no todo es claro” en tus intenciones, Mario, y también dicen con un tono de desprecio que la señora Citlali ni siquiera tiene un familiar desaparecido.

Lo cierto es que en Guerrero y otras entidades se siguen descubriendo nuevas fosas, más restos, y las historias de desaparecidos no acaban, este infierno parece no tener fin…

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