Heberto. El ingeniero de las alianzas

Fuente: El Universal

“Cómo nos hace falta Heberto”, dijo don Luis H. Álvarez. En su larga historia (90 años, si contamos a partir de la fundación del Partido Comunista Mexicano), la izquierda en nuestro país ha practicado —puertas adentro y afuera— todas las variantes político-ideológicas del verbo desunir: dividir, descalificar, anatematizar, expulsar, excomulgar, abjurar.

Hasta los ochenta su lema fue siempre «divíde(te) y perderás».

Donde había dos hombres de izquierda, surgían tres organizaciones con sus respectivas siglas: cada una más pura que la otra.
En esta trayectoria de intolerancia y sectarismo, Heberto Castillo fue una excepción: empeñó su vida en tender puentes y establecer alianzas. Aunque provenía de un pueblo veracruzano donde, según le escuché decir, matar era una segunda naturaleza, su pasión revolucionaria fue por otros rumbos: creía en criticar y reformar, no en atacar y destruir.

Tal vez la ingeniería, que también fue su pasión, indujo en él una noción profunda de estructura y orden. Mis primeros recuerdos suyos, en pleno ‘68, coinciden con esta visión dual. Precedido de una fama ya legendaria (había representado a México en la Tricontinental de La Habana), nos arengaba en el auditorio de Ingeniería. Su mensaje era de compromiso inteligente y prudencia. En ese mismo sentido habló en un inolvidable programa de televisión que, increíblemente, pasó sin censura en los días álgidos de agosto.

Luego de los excesos de la manifestación que llegó al Zócalo e insultó al presidente, Heberto fue una voz de moderación entre los maestros: había que exigir el diálogo con las autoridades, pero en condiciones tales que no las pusieran entre la espada y la pared.

Con todo, cuando se requería demostrar el valor con hechos, Heberto estaba en primera fila: el 15 de septiembre de 1968 fue él quien dio el grito en la explanada de la universidad.

Díaz Ordaz, quien lo odiaba, vio en este acto una desacralización. En realidad fue un desplante de romanticismo.

Curiosamente, la otra cara de este militante, la que equilibraba su sentido de la acción política, estaba en un cuaderno de apuntes que servía de texto de apoyo en la materia Resistencia de materiales; ningún libro en inglés, ni los célebres Schaum’s, se comparaba en claridad. Gracias a Heberto, el análisis vectorial nos parecía aritmética elemental. La esencia del curso, si no recuerdo mal, consistía en proveer herramientas teóricas para el diseño de toda suerte de estructuras resistentes a la tensión, torsión o ruptura.

Cuando me enteré de que Heberto había inventado y patentado una fórmula original para el cálculo de estructuras, no me sorprendió: aquel libro nos hacía creer en la posible armonía universal.

Heberto era un romántico pero no un iluso. Mucho menos dogmático que sus compañeros de generación y de ruta, más práctico e ingenieril, no construía islas sino puentes.

Fue, en 1961, uno de los primeros promotores del Movimiento de Liberación Nacional (MLN), esa fugaz alianza de diversos grupos y organizaciones de izquierda que naufragó muy pronto en un mar de protagonismos.

La brutal represión y los años de cárcel que sufrió en 1968 no lo amargaron: tendió puentes de conocimiento con la historia de México y practicó la pintura de caballete.

Poco tiempo después de su liberación, promovió una alianza con intelectuales (Octavio Paz, Carlos Fuentes, Víctor Flores Olea) para la formación de un partido moderno de izquierda; aunque la alianza no cuajó, Heberto siguió buscando la integración de un partido enraizado en la tradición nacionalista mexicana, no el socialismo real (soviético, chino o cubano) del cual era crecientemente crítico. Sus esfuerzos cristalizaron en la fundación del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT).

A mediados de los ochenta, cuando el país comenzaba a tomar en serio el ideal democrático, Heberto era ya un demócrata con muy pocos adjetivos.

Tal vez su momento estelar (tuvo muchos) fue su renuncia a la candidatura del PMT a la Presidencia en favor de Cuauhtémoc Cárdenas.

Al hacerlo reafirmaba su vieja lealtad a su admirado general y a su amigo y discípulo, pero su acto tenía una significación mayor: era una reversión instantánea de la vocación divisionista en la izquierda.

El capital político y moral que aportó a la campaña de Cuauhtémoc fue enorme. Sin Heberto, sin la alianza con Heberto, el ‘88 hubiera sido inobjetablemente priísta.

Puesto en condiciones similares, ¿actuaría Cuauhtémoc Cárdenas del mismo modo? Luego de la alianza —puertas adentro— del ‘88, Heberto siguió practicando —puertas afuera— todas las variantes de la palabra unir: acompañó al doctor Nava en su lucha cívica en 1992, promovió el diálogo entre las oposiciones, buscó denodadamente —como miembro de la Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa)— la paz en Chiapas.

La última vez que lo vi, en la boda de Manuel Camacho, le comenté:

“¿Sabía, maestro, que, en sus memorias, Díaz Ordaz le llamaba a usted el «presidentito»?” Nunca olvidaré su gran carcajada de joven encanecido, de viejo prematuro.

A pesar de la crisis integral del país, sabía que la democracia avanzaba. En aquella mesa departía Heberto, animadamente, con su compañero y adversario en el Senado, Luis H. Álvarez. La amistad de ambos era, en sí misma, al margen de las diferencias, una alianza democrática. Tengo para mí que Heberto Castillo hubiera aprobado con entusiasmo la idea de una alianza opositora y trabajado denodadamente para edificarla. En cierta forma, toda su vida había apuntado hacia un fin semejante.

No comulgaba, por supuesto, con el ideario del PAN, pero estoy seguro de que se entendía mejor con don Luis que con cualquier trasnochado ideólogo del posmarxismo. Sabía mejor que nadie los costos de la tensión, la torsión y la ruptura. Conocía mejor que nadie las ventajas de la convergencia inteligente. Fue un maestro de la ingeniería civil y cívica.

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