Quintana Roo, Veracruz y Chihuahua: la derrota, la burla y el cinismo

Fuente: El Universal

Óscar Mario Beteta

Nunca, en ningún tiempo, en ningún lugar, una ley se ha hecho para siempre. Acaso las más sabias, como la Constitución de Esparta, que rigió por 800 años, pueden perdurar por largos periodos. Eso sólo ocurre cuando los pueblos tienen también gobernantes virtuosos.

Mas cuando son viciosos por naturaleza y con sus actos tocan la depravación política, llegan a creer que pueden impulsar leyes para mucho tiempo, el suficiente para escapar a sus pillerías. Es el caso de César Duarte Jáquez, Javier Duarte de Ochoa y Roberto Borge Angulo, que se aprestan a dejar ahítos los gobiernos de Chihuahua, Veracruz y Quintana Roo. Pero se equivocan. Las atrocidades que han inducido pueden revertirse.

La Constitución de la República, salvaguarda de los derechos políticos y sociales, es indubitable en su Artículo 39:

La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno.

Esto último implica básicamente el cambio de gobernantes, cuantimás el de las leyes. Lo uno procede cuando han faltado a su deber de procurar la seguridad y el bienestar colectivos. Lo otro, cuando es preciso rigorizar el andamiaje legal que permita mantener el orden, la paz, la estabilidad, la cohesión y la armonía de la comunidad.

Para eso es la soberanía, esa potestad que siempre está en, y es propia del ciudadano. Que sólo delega temporalmente y bajo la condición de que quienes ejerzan por un tiempo determinado algún mandato, tienen como imperativo mirar a la realización del bien común.

Los tres gobernadores priístas que están por terminar su gestión evidentemente no cumplieron los preceptos de la Carta Magna. Como tiranos, atropellaron la Constitución de sus estados y cuanta norma se les puso enfrente para blindarse de toda posible investigación sobre sus excesos y corruptelas.

Nunca como ahora, con Duarte de Ochoa, Borge Angulo y Duarte Jáquez, las instituciones y las leyes habían sido pisoteadas al grado que ellos lo han hecho para quedar impunes a sus exacciones. Por eso se dio la alternancia en sus estados.

Jamás los legisladores se habían tornado tanto contra sus representados aprobando nombramientos y disposiciones destinados a proteger a sus jefes. Se convirtieron en sus verdugos.

Unos y otros actuaron viendo sólo a su interés, no al del pueblo. Entraron en connivencia y traicionaron al único amo al que deben obediencia. Entre esos gobernantes y “sus” diputados, consumaron un inequívoco acto de usurpación contra la ciudadanía. ¿Cuánto habría costado a ésta pagar, además, su propio ahogamiento?

Mas si esos personajes, que deberían ser desterrados para siempre de la vida pública, creen que con sus acomodos “legales” ya robaron y se irán a disfrutar su botín, están en un error.

Los diputados locales de Veracruz, Quintana Roo y Chihuahua, si atienden realmente a su deber con quienes los eligieron, pueden revertir las maniobras de Duarte, Borge y Duarte Jáquez. Es su obligación. Tienen el apoyo de los gobernadores que entrarán al relevo. Miguel Ángel Yunes, Carlos Joaquín González y Javier Corral prometieron que castigarían los delitos de sus antecesores. De ellos depende que no burlen a millones de personas y ordenen la norma a su medida para cubrirse y quedar indemnes.

La exigencia que los panistas plantearon en ese sentido el miércoles en Veracruz ante congresistas locales fue una expresión del odio político partidista que se ha desbordado en la entidad, pero propició que se retirara, al menos momentáneamente, la aprobación del titular de la nueva Fiscalía Anticorrupción. Eso evidencia que se puede detener el abuso, la arbitrariedad y el exceso.

Mañana o pasado, eso podría ser lo normal. La gente, por sí misma, sin la instigación de ningún político, podría “ir” por sus representantes. Está claro que, hastiada de tanta barbarie política, ya no aguanta más. Para que después nadie se llame a sorpresa.

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