¿Por qué la opacidad y el silencio? ¿Qué esconden? ¿Tan grave es?

Fuente: Excelsior

Una vez más, la opacidad que nos caracteriza, se evidencia. ¿A qué se debe esa propensión carente de toda justificación, a no decir las cosas que deben decirse y, además, decirse de inmediato?

Una conducta así, favorecida desde tiempo inmemorial por nuestros políticos —sean gobernantes, funcionarios, legisladores y dirigentes partidarios—, las más de las veces lleva a que lo que es correcto y fue bien realizado, se tergiverse, y grupos amplios de la sociedad se confundan y lo condenen.

Al callar los responsables de proporcionar información objetiva y oportuna, y no proporcionar los datos duros que soportarían sus dichos, no únicamente se favorece a los demagogos y a quien los encabeza, sino que su silencio fortalece las prácticas de aquéllos las cuales, a querer y no, socavan la gobernabilidad del país.

Por supuesto, en esa tarea de zapa no están solos porque, al no cumplir los funcionarios con su obligación porque en vez de informar callan, sea motu proprio, o por recibir órdenes específicas para enmudecer, contribuyen —a propósito o sin proponérselo—, a que los rumores corran sin control alguno; así, quizás sin que ésa fuere su intención, terminan haciéndole el caldo gordo a los demagogos, que en modo alguno buscan que las cosas se aclaren sino por el contrario, su objetivo es enrarecerlas y confundir, para que sus mentiras y demagogia sean aceptadas por más mexicanos.

En relación pues, con la tragedia más reciente en Veracruz, varias cosas han sorprendido a más de uno; ¿por qué si la entidad responsable de operar la planta donde se registró lo que parece ser un fatal accidente, es la empresa privada Mexichem —propietaria del 56% de las acciones de la sociedad pues el resto, 44%, es propiedad de Pemex—, todos los que han dado la cara han sido funcionarios de ésta última?

De la misma manera, ¿qué paso para que la importancia concedida desde el momento mismo del accidente, casi de inmediato el tema desapareciere de los lugares privilegiados —mediáticamente hablando—, y fuere relegado a páginas interiores, o definitivamente ignorado?

¿Estarán los responsables de informar veraz y oportunamente de las causas de la tragedia, pero también de los antecedentes de la sociedad conformada por Pemex y Mexichem, decididos a esperar que el olvido cumpla con su tarea?

¿Y los más de 30 muertos y decenas de heridos? ¿Quién era la parte contratante de todos ellos? Si no eran Mexichem y/o Pemex, ¿quién los habría contratado y bajo qué condiciones? ¿Acaso tanto fallecido y sus familiares, no merecen siquiera eso, que se informe quién era la parte contratante para presentar y exigir, los deudos de los fallecidos y las familias de los heridos, las reclamaciones correspondientes?

¿Quién se acordará en unas semanas, de todos ellos y de sus familias? ¿Acaso tantas tragedias familiares quedarán, como suele suceder en nuestro país, como una estadística más en esto del mantenimiento de una planta petroquímica?

¿Acaso nada hemos aprendido de tragedias anteriores? ¿No entendemos que en ese ejercicio racional que es la gobernación, debe estar siempre la sensibilidad del funcionario?

¿Conoceremos algún día la verdad?

 

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