Chantaje sonriente

Fuente: Reforma

Imaginemos la escena. Imaginemos que las reglas sobre candidatos independientes hubieran sido válidas en la elección presidencial del 2012. Imaginemos a Andrés Manuel López Obrador declarando un par de años antes: quiero ser presidente de México y espero ser el candidato del PRD pero no voy a cerrarme puertas. Si el PRD no me apoya seré candidato de todas maneras. Soy la esperanza y mis seguidores tienen el derecho a verme en la boleta. No me pertenezco, les pertenezco a ellos. ¿Qué habríamos dicho frente a esa señal de deslealtad a su partido? La reacción habría sido de profunda indignación. Habríamos hablado de la falta de respeto a las reglas de su partido, de su maltrato a las instituciones, del capricho de un hombre que pretende usarlas cuando le sirven y repudiarlas cuando dejan de servir a sus ambiciones. Habríamos dicho que era aberrante hacer política dentro de un partido sólo si se ofrece como trampolín a su ambición.

Eso es lo que hace hoy, con total desparpajo, Margarita Zavala. Me gustaría ser candidata del PAN… pero si el PAN decide que no seré su candidata, me haré candidata independiente. Con una amable sonrisa, declara que está dispuesta a romper con su partido si éste no le entrega la candidatura presidencial. Así: seré candidata con el PAN o contra el PAN. La declaración me parece escandalosa. Y es más escandaloso que no suscite indignación y que sea tomada como una inocente declaración de libertad. Ni siquiera Donald Trump se ha atrevido a lanzarle una amenaza semejante al Partido Republicano. Hasta un demagogo con la billetera de Trump se ha comprometido a respetar la decisión de su partido y apoyar al ganador de la contienda interna. Margarita Zavala no se siente comprometida de esa manera. Su aviso es claro: si no me hacen candidata, romperé al partido. Mientras pontifica sobre la dignificación de la política, justifica el oportunismo de los tránsfugas.

Confieso que no alcanzo a ver los méritos de Margarita Zavala para aspirar a la Presidencia. Hay cientos de panistas con una trayectoria política más destacada que la suya. No tiene ninguna experiencia administrativa, su breve paso por el Poder Legislativo no dejó ninguna huella. Tampoco ha sobresalido en la empresa o en las organizaciones de la sociedad civil. Sus mensajes públicos son una combinación de lugares comunes, lindas intenciones y refritos de la prensa de la mañana. Tiene buena imagen. Fue una presencia cálida y sensible en un gobierno de talante castrense. Es una mujer inteligente, con innegable capacidad de comunicación. A pesar de haber ocupado los recintos del poder, se le percibe cercana, accesible, honesta. Muchos ven en ella una esperanza. No soy uno de ellos. Pero, independientemente del debate de sus virtudes, vale detenerse en su chantaje. Que la extorsión se presente en el seno de nuestro partido más serio revela la profundidad de nuestra confusión, la extensión de una demagogia que, no por exitosa, deja de ser amenazante.

Sé que la moda es despotricar contra los partidos y hablar maravillas de las opciones “ciudadanas”. Sigo convencido de que, a pesar de todo, los partidos son instituciones insustituibles. Lo son, no solamente porque ofrecen una brújula perdurable y porque canalizan la competencia. Lo son, sobre todo, porque tienden a domar el personalismo de quienes creen que su contacto con la gente no necesita mediaciones. Los partidos someten la ambición de sus políticos a ciertas reglas, alientan la formación de equipos alrededor de un programa: ofrecen un horizonte que no se juega todo a una sola carta. Nadie como el fundador del PAN hiló en México el argumento por la organización partidista como espacio germinal de la cultura democrática. Oponerle al autoritarismo, no el arrebato caudillista, sino una organización estable, con proyecto y reglas. La lección histórica del PAN no fue su idea de México sino su ruta: el paciente cultivo de su institucionalidad. En el país de los caciques, fue un islote de urbanidad. Por eso en ese partido las candidaturas no fueron el regalo de un dueño sino fruto de la competencia, es decir, procesos abiertos a la sorpresa. Ése es el tamaño de la agresión de Zavala: sugerir que el único resultado aceptable para permanecer en el PAN es su victoria.

Tienen razón los republicanos al exigirle a Donald Trump un compromiso de lealtad, si compite en sus primarias. Lo mismo deberían hacer los panistas con quien quiere participar en su proceso interno sin asumir compromiso. El sonriente chantaje de Margarita Zavala es una amenaza inaceptable. No se trata de limitar sus libertades. Es exigirle seriedad, es llamarla a una responsabilidad democrática elemental. Dudo que se dignifique la política renegando de Gómez Morin para abrazar al Bronco.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *